(Escrito con motivo del día de la madre y publicado con retraso)
Hay un montón de gente que nos adopta, que adoptamos, que nos encontramos y otras que nos endosan como madres. El dia de la madre todas son madres: las abuelas, las tías, las amigas, la maestra, la secretaria, y toda la que ha tenido la dicha de tener un hijo. Con todas hay que tener un detalle.
El día de la madre los comerciantes sueñan con que veas en cada una de tus vecinas una madre.
Y claro, hay que dedicarle a la madre en su día un momento para compartir.
En Venezuela hoy se celebra el día en el cual los restaurantes se llenan, los anaqueles de las tiendas se vacían, los viveros venden todas las flores, en los cementerios hay mas vivos que muertos, a las licorerías se les acaba el vino y en las casas los señores quieren salir corriendo.
Por que eso si que tenemos nosotros: el día de la madre se respeta. Nada de pasar ese día lejos de la madre y mucho menos que cocine. Es preferible dejar la cocina revuelta para hacerle una pasta que permitirle a ella hacerlo, por que hoy es su día. Y hay que hacer algo especial. Eso de que el día de la madre es todos los días es falso, todos los días es el día de los hijos, por que si algo hacemos los hijos sistemática e irrevocablemente es echar vaina.
Tengo la fortuna de conocer de cerca a la madre de muchos amigos, y de tener a muchas madres a quien llamar. (ahora que releo este post me doy cuenta de que no llamé a ninguna, pero la intención cuenta al menos un poco)
Me provoca llamar a Esperanza, la mamá de Pepe, para que con su acento a Colombia me llene el día de alegría y picardía. O a Maria Belén, la mamá de Claudia, para ir al cine o conversar sobre lo divino y lo profano. Podría decirle a Elsy, la mamá de Beto, que la verdad es que me gustaría invitarla a comer, pero que prefiero que ella haga una empanada gallega. También llamaría a Tibisay la mamá de Carmenex o a Sonia, su abuela para reirme hasta el cansancio en la cocina. Tomaría un avión para reirme días enteros con Antonia, la mamá de mi catire, viendo el mar y escuchando sus ocurrencias y su acento de andaluza. A mi tía Adelaida la recibiré en casa, para que no cocine y sea atendida y a mi tía Anita la llamaré en nuestro tono de cómplices.
Y en el pedacito de mi interior en el cual tengo espacio para un pequeño cemententerio, lleno de paz y eternidad, habrá flores para mi abuela Nana, cuya presencia está en toda la casa y todos los días.
A todas vaya un beso de día de la madre. Para excusarme ante la ausencia de regalo me atengo a la máxima que reza: Madre hay una sola. Corolario 1: regalo del día de la madre hay uno. Corolario 2: dicho regalo le toca a mi mamá.
A mi mamá, que mis amigos la llaman cariñosamente Mamá-Rosario, que protege cada espacio de nuestra familia con dedicación, que no hace nada sin esmerarse y que es una escuela de paciencia, fe y coherencia. Asi la descubro los domingos, cuando la miro de repente mientras leemos la prensa
Esa mamá que combina su ternura de niña con un fino humor negro que solo deja salir en momentos de estricta confianza. Que nunca deja duda de cómo ve el mundo, desde sus ojos tradicionales, respetando al otro que puede tener una postura distinta.
Al darse cuenta de la mirada de la cámara, de inmediato se toca el cabello, y llama a su inseparable Tom, para que la cámara tome su mejor ángulo.