Abro la caja de los durex tutti fruti que tomé curiosa (por el tamaño de la caja, por que el tamaño sí importa) en una farmacia llena de viejitas de pueblo, vestidas de negro, con el carnet de la seguridad social.
Sorpresa! Miren lo que he encintrado!!!!....
Se me escapa un “cooooooño” suspirado, de cejas arqueadas y sonrisa ladeada y mi marido me mira.
Sólo le queda decir: “Socorro!”
Es que ya me ve venir el pobre…. me encanta esta costumbre española de la siesta...
Iba a dejar fotos del fin de semana en Choroní..., comentar sobre mis desventuras en un taller mecánico, explicar detalladamente cómo este par eligen fotógrafo para la boda, contar qué se siente que falten sólo 15 días de trabajo... pero no pude. Se me fue el tiempo entre una cosa y otra... y ahora ando en la depre post-electoral.
Voy por café y regreso... ya saben, en estos casos lo mejor e el café o el ron, el Caribe es asi...
Lo vi recostado de la pared, de espaldas, acurrucado como un ovillito húmedo: sudando y llorando. Su camiseta dice que pertenece a un programa: “Niños trabajadores NO- escolarizados”.
Cuando me agarró las manos me di cuenta que las suyas estaban llenas de callosidades, con la piel dura y las uñas sucias. Lloraba mucho, las lagrimitas se le caían al suelo, pero no era llanto de rabia. Insistí en que me contara qué había pasado, sentados en las escaleras oscuras del centro comunitario, pero no quería. Se abrazó de mi y pude ver, en medio de su carita con marcas y su pelo opaco, los ojitos claros mojados de impotencia. Bajamos con cuidado las escaleras, buscamos una servilleta para secarle las lágrimas mientras yo esperaba con paciencia que las palabras salieran de su boca para darle forma ese sentimiento difuso que se le estaba derramando por los ojos. Nos abrazamos apretado y me dijo entrecortado: “es que hay un niñito que se está metiendo conmigo por que yo no se leer!”
No sabe leer.
Su mundo pequeño del barrio es más pequeño que el del resto de los niños por que no sabe leer.
Y su camiseta lo dice claramente: no-escolarizado. No dice: “soy un niño que está aprendiendo a leer”. Dice lo que no es, casi dice “soy un niño que no sabe leer”.
Odié la camiseta. Quise invitarlo a un ritual inventado para el momento que en mi mente llamé “la quema de las camisetas del estigma”. En mi ritual haría un discurso: recordaría todas las veces que he despotricado contra semejante manera de etiquetar públicamente a un niño desde sus dificultades, luego, todos en círculo se quitarían sus camisetas a la vez (como saben, me encantan los ritos) y las telas arderían en una hoguera en medio de la calle, ante la vista de todos los que han coordinado, asesorado, cooperado y financiado las etiquetas estampadas, incluyéndome. Al finalizar, todos, sin camisa podríamos abrazarnos y proponernos aprender a leer y nos colocaríamos unas camisetas blancas, muy limpias, de nuestra talla (y no esa talla única tan desagradable) e iríamos a ser lo que somos y no lo que no somos. El acto terminaría en una lectura de cuentos para todos los presentes.
Pero mi acto imaginario tenía que terminar por que el chico ya estaba más calmado, ya me había dicho con sus dedos que tenía ocho años y ya yo estaba diciéndole que la próxima vez que alguien le recordara que no sabía leer, él tenía que recordarle que estaba aprendiendo, y que con toda seguridad aprendería.
Tengan escuela o no los niños contactan muy fácil con su alegría, caminó por la calle, directo a su “aula alternativa” donde lo esperaba una docena de niños que tienen su misma camiseta y que todos los días tratan de descifrar la magia de las letras.
Es un mastín enorme, negro, atemorizante. Algo obeso. Vive en mi lugar de trabajo desde que descubrimos que lo mejor para espantar a los malandros que quieren meterse en las oficinas durante la noche a ver qué pescan no es la policía sino un perro bien plantado.
Tiene nombres según los turnos de vigilancia. Los de la mañana, los de la tarde y los de la noche, en total cuenta con tres nombres, y aunque le tienen cariño es un perro sin dueño y con cadena.
Le construyeron una prisión en los jardines traseros, amplia, pero cárcel al fin. A veces mientras estabamos en una reunión, tenía que explicarle a los invitados, que escuchaban un extraño ruido al fondo del edificio, que no se trataba del hombre lobo sino que nuestro perro guardián a las cuatro de la tarde afina y aulla triste y puntual.
Los fines de semana los vigilantes atormentados por el aullido y compasivos lo dejaban salir, y era obvio que entonces hacía de todo el terreno SU terreno, al punto de encontrar kilos de mierda en los pasillos. Un desastre para el personal de limpieza.
Ahora me estoy dando cuenta de que pronto tendrá jardín. A su prisión le han colocado unas rejas para que pueda tener donde dormir, comer, y correr un poco sin molestar a los que aqui trabajamos ni asustar a los que transitan diariamente con sus 70 kilos de fiereza.
Sin ambargo, mientras espera, dejarlo preso era un crímen, asi que recurrieron a las cadenas. Ahora pasa la tarde justo detrás de mi oficina. Su aullido puntual me eriza y me conmueve. Me asomo a la ventana y lo miro mientras inspirado, estira el cuello y se queja, o canta, o implora algo al infinito. Si estoy reunida con alguien simplemente deigo "es que a nuestro perro guardián la tarde le da melancolía".
Toca el intecomunicador
-Quién?
-Deborah
Ya con ese sugerente nombre danzandome en los oídos voy caminando hacia al ascensor. La veo al final del pasillo. Jeans a la cadera ajustados, cabello bien tratado con tintes en la peluquería, sandalias altas con cartera a juego y la camiseta adherida al cuerpo. Me acerco y veo unas cejas cudadosamente tatuadas, y unos ojillos dulces. No debe tener más de 22 años. Me pregunto si ella realmente es la chica que contraté para la limpieza.
Sobretodo me lo pregunto viendo mi propia facha de domingo a las 7:30 am.
Su voz amable (la voz es tan importante...) me saluda "Mucho gusto, Deborah". La recibo sin dejarla hablar, quejandome de lo sucio que está el apartamento, advirtiendole en el ascensor que se enfrentará a un problema serio... los vidrios... la cocina... mi novio está por llegar...blablabla".
Cuando vió los vidrios casi le da algo, y sólo dijo "voy a cambiarme". La vi salir vestida de guerrera dispuesta a sacar la mugre de ese apartamento y el de los vecinos. La dejé en lo suyo después de unas instrucciones básicas. Al volver la chica linda de la mañana había avanzado mucho, al terminar la jornada el apartamento era otro, la chica se había ganado su dinero limpiamente (nunca mejor dicho) y volvió a cruzar palabra conmigo: "Voy a cambiarme". Reapareció vestida de Deborah, sólo que sonreída por que llevaba el dinero que esta mañana no tenía. Satisfecha y vendiendo su faena: "Te gustó Mami? que bueno, tu me dices pa quedarme trabajandote...", dispuesta a más, se fue despidiendo y supe que tenía una niña de dos años y vivía en Catia.
La verdad no se de qué me extrañé.. es la típica venezolana, dispuesta a todo, trabajando hasta que no de más, pero al final siempre Deborah.
Registro la cartera hasta hacerla escupir el último papelito, ya no queda nada adentro y nuevamente he perdido un ticket de estacionamiento.
Caracas no te permite estacionar en la calle, por un lado no hay puesto y por otro, los riesgos de regresar y no encontrarlo son muy elevados.
Los caraqueños choferes tenemos todos, a diario, un chorro de adrenalina seguro: el que se dispara justo cuando estás a unos diez metros de llegar a donde se supone que te estacionaste y por alguna razón (un árbol, una camioneta, un tumulto de gente) no lo ves a tiempo. Se te hacen los diez pasos más largos de tu vida, no quieres correr para no hacer el ridículo, pero en ese momento, en esos últimos diez pasos si estás hablando con alguien ya no importa. Sólo quieres llegar al ángulo correcto para verificar que tu carro sí éstá allí. Lo miras y el alivio es delicioso, es casi narcótico, te secas el sudor de la frente, respiras hondo y sigues tan tranquilo. No ha pasado nada.
Por lo tanto nos estacionamos en sótanos que llegan a las entrañas de la tierra, humeantes, olorosos a aceite y gasolina, cuidados por unos seres subterráneos cuyas tarde se amenizan con radio AM y sus eternos calendarios con chicas desnudas.
A veces hay que dejar la llave, el volúmen de carros es elevado y no caben todos, asi que el "parquero" se encarga de moverlo... y dejas la llave encomendada a Sanmiguelarcangelvirgenmariasanonofreyelnazarenodesanpabloamen.
Usuaria como soy de mi carro, soy cliente de todos los estacionamientos de Caracas, y nunca he podido tener alguna clase de hábito que me permita tener a mano el ticket de estacionamiento a la hora de pagar. Me tocan corneta, me gritan, que me apure... y yo busco y busco y señores, de verdad no lo encuentro hasta que he sacado todo de los bolsillos propios y ajenos.
Este sábado me resigné, simplemente lo perdí y estaba dispuesta a pagar la multa, ya no tenía energía para regresar al apartamento a buscarlo. Quería pagar e irme.
Hasta que el "parquero" me arrancó una carcajada:
"Pero es que usté está más despistá que angel de la guarda de los Kennedy!"
Propina y un chocolate para el parquero.
A esta hora aun los indigentes no se han levantado. Cansados de su ronda nocturna, duermen envueltos entre periódicos viejos y bolsas de basura. Un pensamiento irónico aparece en mi cabeza: están envueltos en su autoconcepto. Esa idea que flota triste es desinflada por una mezcla de lástima e indiferencia (muy necesaria esta última para caminar por Caracas sin deprimirse). Un sueño profundo y hediondo se respira alrededor de estos seres, inofensivos en su mayoría, protagonistas y testigos de un submundo nocturno desconocido para mi y para la mitad de los caraqueños.
Camino por las calles de un lado de la ciudad que se resiste a ocultar su verdadera belleza. Aun hay restos de bonitas baldosas, aun quedan fachadas con rejas que son obras de arte, y sobre todo aun hay amabilidad cuando la gente se atreve, con suspicacia, a mirar a la persona que tiene al lado. No me han faltado sonrisas, saludos, y piropos, aun en medio de los restos de una noche en la que yo dormí tranquila y clara, a penas a unos 8 kilómetros de donde estoy ahora.
Mientras cargo algunos paquetes, una señora mayor vende periódicos y flores, suenan las campanas de una iglesia llamando a misa, un caballero saluda a una dama en una plaza y otro le ofrece unas falsas puñaladas a un hombre a quien le molesta su borrachera aun presente a las 7:30 am.
Es un domingo como todos en Caracas: partido en dos mitades cuyo punto exacto de corte está en Plaza Venezuela.
Y yo me siento como si portara un pasaporte diplomático que me permite andar libremente por todo el territorio, de este a oeste sin levantar sospecha. Mimetizada y sobretodo protegida por mi arma secreta: conocer la lengua de un extremo y otro de la ciudad.
En un día lluvioso de esta semana, compartiendo historias de vivos y muertos, encomendamos a Dios a un buen amigo que ahora está en el sector del cielo que le corresponde a los capitanes de barco. Debe ser como un camarote lleno de historias de pesca y mujeres, y en este caso también de filosofía... no sólo por que los hombres de mar son un poco filósofos, sino por que este en particular, un día con los sesenta cumplidos, se anotó en la Universidad para enseriarse con el tema.
Allí, en ese camarote celestial, está ahora Romero, y aunque mi hermano se contiene el llanto por la tristeza de su ausencia, sabe, y sabemos, que la vida sin ir a la playa es menos vida.