La cola en Caracas más que una condición de la ciudad es una rara costumbre, que se vuelve casi un tic nervioso de la autopista cuando llueve.
Hoy, como muchos martes, suelo escaparme al medio día para recostarme en un diván a hacerle mantenimiento a mi psique. Mi mecánica de la mente tiene una dulce voz y cada tantos días utiliza sus herramientas para ir acomodando cada tornillo suelto que tengo en la sesera. Es un proceso que he disfrutado mucho (una rara forma de disfrutar esta, pero bueno, es lo que hay), especialmente cuando me adentro en los sueños.
Pero yo no iba a hablar de la sesera.
Hablaba de la cola caraqueña, de lo que me hace pensar cada vez que paso una hora o más para llegar a un destino que no está a más de 10 o 15 Kmts.
El meridiano de Greenwich de mi ciudad, su ombligo, está en Plaza Venezuela, una fuente hermosa que decoraba la arquitectura de la Caracas moderna y que con los años y la desidia se fue secando hasta convertirse en una especie de ruina de guerra que tenemos actualmente y de lo cual nos queda la promesa electoral de una pronta recuperación.
Bueno, pero volvamos a la cola.
En plena cola, en pleno epicentro de la ciudad, cuando vas en la autopista, te encuentras con lo que en mi niñez mi hermano y yo conocíamos como el Sandwich gigante (de queso con lechuga y el pan bien tostado)
A los 8 años, Caracas no era más que la ciudad en la que vivíamos (que bien podría haber sido Budapest, daba igual, el mundo transcurría entre la casa, el colegio y aguna que otra cosa más) y el lugar de nacimiento del Libertador Simón Bolívar (el cual era un personaje casi tan importante como Cristo y Pedro Picapiedra, pues presidía el salón de clases). A los 8 años no sabíamos que Plaza Venezuela era una hermosa obra de arquitectura de la ciudad, sino era la charagua, que en mi diccionario personal significaba fuente.
A los 8 años la Ciudad Universitaria no era nada realmente importante, ni su gran hospital, ni siquiera que mi mamá estudió en una de sus facultades, lo más importante era que justo al pasar por allí, nuestra imaginación volaba y nos imaginabamos ese gigantesco Sandwich de queso con lechuga que años más tarde descubrí que era el Gimnasio Cubierto de la Ciudad Universitaria que tanto orgullo le da a los Ucevistas, cuya infraestructura ha sido declarada Patrimonio Histórico de la Humanidad por la UNESCO, obra de Carlos Raúl Villanueva.
Y yo, aun hoy, lo veo, manejando como cualquier caraqueña metida en la cola. Y aun sabiendo que se trata de una importante obra, aun viendo el hermoso tapiz que le hace el mural que más tarde le diseñó Zapata a la UCV cuyo nombre es Conductores de Venezuela, aun viendo a la Reina María Lionza, obra de Alejandro Colina, que después de partirse en dos sigue cuidando a Caracas y protegiendo a sus fieles, aun a punto de cumplir 30 añitos, aun veo un apetitoso sandwich de queso con lechuga.

Lo único nuevo es que el mural en lugar de parecerme un mural me parece idéntico a un plato de fiesta de cumpleaños.