Lo vi recostado de la pared, de espaldas, acurrucado como un ovillito húmedo: sudando y llorando. Su camiseta dice que pertenece a un programa: “Niños trabajadores NO- escolarizados”.
Cuando me agarró las manos me di cuenta que las suyas estaban llenas de callosidades, con la piel dura y las uñas sucias. Lloraba mucho, las lagrimitas se le caían al suelo, pero no era llanto de rabia. Insistí en que me contara qué había pasado, sentados en las escaleras oscuras del centro comunitario, pero no quería. Se abrazó de mi y pude ver, en medio de su carita con marcas y su pelo opaco, los ojitos claros mojados de impotencia. Bajamos con cuidado las escaleras, buscamos una servilleta para secarle las lágrimas mientras yo esperaba con paciencia que las palabras salieran de su boca para darle forma ese sentimiento difuso que se le estaba derramando por los ojos. Nos abrazamos apretado y me dijo entrecortado: “es que hay un niñito que se está metiendo conmigo por que yo no se leer!”
No sabe leer.
Su mundo pequeño del barrio es más pequeño que el del resto de los niños por que no sabe leer.
Y su camiseta lo dice claramente: no-escolarizado. No dice: “soy un niño que está aprendiendo a leer”. Dice lo que no es, casi dice “soy un niño que no sabe leer”.
Odié la camiseta. Quise invitarlo a un ritual inventado para el momento que en mi mente llamé “la quema de las camisetas del estigma”. En mi ritual haría un discurso: recordaría todas las veces que he despotricado contra semejante manera de etiquetar públicamente a un niño desde sus dificultades, luego, todos en círculo se quitarían sus camisetas a la vez (como saben, me encantan los ritos) y las telas arderían en una hoguera en medio de la calle, ante la vista de todos los que han coordinado, asesorado, cooperado y financiado las etiquetas estampadas, incluyéndome. Al finalizar, todos, sin camisa podríamos abrazarnos y proponernos aprender a leer y nos colocaríamos unas camisetas blancas, muy limpias, de nuestra talla (y no esa talla única tan desagradable) e iríamos a ser lo que somos y no lo que no somos. El acto terminaría en una lectura de cuentos para todos los presentes.
Pero mi acto imaginario tenía que terminar por que el chico ya estaba más calmado, ya me había dicho con sus dedos que tenía ocho años y ya yo estaba diciéndole que la próxima vez que alguien le recordara que no sabía leer, él tenía que recordarle que estaba aprendiendo, y que con toda seguridad aprendería.
Tengan escuela o no los niños contactan muy fácil con su alegría, caminó por la calle, directo a su “aula alternativa” donde lo esperaba una docena de niños que tienen su misma camiseta y que todos los días tratan de descifrar la magia de las letras.